La sensación de que “no sirve para nada” organizarse, luchar o invertir tiempo en algo que no tenga un beneficio inmediato y personal es una constante en nuestros días. Sin embargo, pienso que parte del problema es que el estudiantado (y todos) forma parte un sistema que fomenta el agotamiento y el aislamiento individual como norma. La sobrecarga académica, la ansiedad por el futuro laboral y la hiperconexión digital nos crean un caldo de cultivo perfecto para la apatía. Y por supuesto que es cierto que en este contexto resulta más fácil refugiarse en el ocio inmediato y el consumo que dar el salto hacia la acción colectiva.
Ahora bien, si no encontramos salidas, lo que se está deteriorando no es solo la capacidad de movilización social, sino la propia autoestima y la confianza en que el cambio es posible. Y esa pérdida de confianza es, precisamente, lo que más conviene a los poderes que desean una juventud desarticulada.
Creo que las soluciones no pueden limitarse a pedir “más compromiso”, porque eso suena a reproche y no genera movimiento real. Habría que proponer espacios de participación accesibles, atractivos y útiles: asociaciones con proyectos concretos que tengan resultados tangibles en la vida cotidiana, redes de apoyo mutuo que respondan a necesidades inmediatas (desde asesoría en trámites universitarios hasta ayuda psicológica o económica), actividades culturales y formativas que percibamos como enriquecimiento real y no como “carga extra”. En otras palabras: dar razones plausibles con objetivos realistas para sentir que el esfuerzo en colectivo tiene recompensa.
También creo que es importante clave transformar el imaginario: sustituir la idea de “sacrificio inútil” por la de “inversión en comunidad”. Y eso requiere compartir experiencias prácticas de éxito compartido, por pequeñas que sean. Incluso logros modestos, que si se viven o se comparten en grupo, ayudan a revertir el pesimismo.
Sin duda, Oscar, que recuperar la unión y el trabajo en común es la única vía que ha demostrado históricamente abrir caminos de transformación. No obstante, debemos reconocer que la estrategia hoy tiene que ser distinta: menos solemne, más flexible, con una comunicación que dialogue con las lógicas digitales y los lenguajes actuales. Solo así podremos romper el círculo vicioso del desánimo y reconstruir la convicción de que la acción colectiva no solo sirve, sino que es imprescindible.
Personalmente, creo que el conflicto de la pasividad actual del estudiantado (históricamente un gran agente de protesta y cambio) es una consecuencia más de los modelos de ocio y socialización actuales, basados en lo efímero y según las prácticas hedonistas más inmediatas. El problema es que hoy en día hemos entrado en un círculo vicioso; una gran bola de nieve rodando montaña abajo cada vez con más velocidad y destinada a chocarse estrepitosamente con el primer gran obstáculo que se encuentre. Como persona que ha tomado parte en movimientos sociales y asociativos, pienso que es imprescindible comenzar a ponerle trabas a la expansión de este mal: solo la unión en colectivo puede conseguir transformaciones relevantes que además de mejorar nuestras vidas sirvan como demostración de que sí "sirve para algo" el trabajo en común y la realización de esfuerzos adicionales a lo que estrictamente se nos exige.
Solo de esa manera conseguiremos cambiar las cosas.