Si el cerebro fuera solo una máquina de supervivencia, la música no existiría. No sirve para cazar, no alimenta, no protege. Pero ningún cerebro humano escapa a su influjo. Pero ahí está: atravesando culturas, encendiendo sinapsis, dejando huellas profundas donde nada práctico parecía necesario. La música está ahí cuando nace un hijo, cuando cae una dictadura, cuando se entierra a los muertos o cuando se sube al tren de los vértigos. Está en la cuna, en la protesta, en el supermercado. ¿Por qué el cerebro humano la ha preservado? ¿Por qué la reconoce, la codifica y la necesita?
Daniel J. Levitin, neurocientífico y exproductor musical intenta responder a esa pregunta en Tu cerebro y la música. Lo hace con un equilibrio notable entre rigor científico y divulgación lúcida. No cede al despliegue académico ni al batiburrillo emocional. Su propuesta es tan clara como provocadora: la música no es un adorno cultural; es un componente esencial de la cognición humana.
Levitin no viene a decirnos que la música “nos hace sentir bien” o que “ayuda a las plantas a crecer”. Su punto es más agudo: la música, al igual que el lenguaje, requiere una arquitectura cerebral compleja. Memoria, predicción, atención, motricidad fina, sincronización temporal, abstracción... Escuchar una sinfonía o improvisar una línea de bajo activa redes neuronales tan sofisticadas como las que se activan al resolver un teorema o entender una metáfora.
El bebé reconoce la prosodia de la voz materna antes que las palabras. El ritmo del habla y su melodía emocional le resulta familiar desde el útero, argumentando que esta capacidad auditiva temprana sienta las bases de nuestra sensibilidad musical, por lo que la melodía sería, en cierto modo, la matriz de la emoción codificada.
Desde ahí, el recorrido que hace el autor se despliega como una sinfonía en movimientos: la evolución biológica, el aprendizaje musical, el papel de la memoria, la forma en que el cerebro segmenta patrones, anticipa progresiones armónicas y cómo se deja sorprender por una disonancia que se resuelve en cadencia. Tampoco hay en Levitin nostalgia por la música “clásica” ni desprecio por el pop: su análisis es transversal, mas no neutral. Lo que le interesa no es el canon, sino la mecánica cerebral que lo sostiene.
En una de sus páginas más interesantes, Levitin cita a Steven Pinker, quien llamó a la música “cheesecake auditivo”: un placer accidental, un subproducto evolutivo del lenguaje y la inteligencia. Levitin responde sin condescendencia, pero con firmeza. Si la música fuera solo un efecto colateral, ¿por qué habría sido preservada en todas las culturas? ¿Por qué activaría zonas cerebrales ligadas a la recompensa, al movimiento y a la cohesión social? ¿Por qué la música tiene efectos tan profundos en pacientes con Alzheimer, que recuerdan letras cuando ya han olvidado los nombres de sus hijos?
La música, dice el autor, tiene un valor adaptativo. Favorece el vínculo social, la sincronía grupal, la coordinación motriz y la empatía. El canto colectivo pudo haber sido un catalizador de cooperación tribal, una tecnología emocional antes del lenguaje articulado. Un tambor en la noche no era solo ritmo: era pertenencia, amenaza y memoria.
Y sin embargo, no todo encaja. Hay en la música algo que excede lo funcional. El jazz, el minimalismo de Steve Reich, el bolero cantado por Toña La Negra o el trap más rítmico: todos contienen una sustancia que desarma al argumento utilitarista. En el capítulo sobre la creatividad y la emoción, se atreve a decir lo que muchos científicos callan: que quizás lo más humano no es la capacidad de resolver problemas, sino la de crear formas inútiles y necesarias a la vez. La música como forma de estar en el mundo sin decirlo todo. Levitin no se esconde detrás del dato, pero tampoco se ahoga en la anécdota. Se permite decir que lloró escuchando a Joni Mitchell, y enseguida explica cómo la corteza auditiva y el sistema límbico procesan el timbre vocal y lo asocian a recuerdos emocionales.
Tu cerebro y la música insiste en que la música no se explica sin vivencia. Es un libro que se lee con el oído atento, reflexionando desde las preguntas, como el zumbido de una vieja canción que no sabemos por qué recordamos, pero que al sonar, nos devuelve a un lugar que nunca supimos que habíamos perdido.