Sister Rosetta Tharpe

La guitarra que encendió un género antes que Elvis y Berry”

Sister Rosetta Tharpe nació en Cotton Plant, Arkansas, en 1915 y entendió a través de los cánticos de iglesia y caminos polvorientos que la música podía ser más que acompañamiento: podía ser éxtasis, grito y desahogo. Antes de que Elvis agitara la cadera y antes de que Chuck Berry torciera una cuerda, Sister Rosetta ya electrificaba salmos en tabernas sagradas con su swing incendiario y su voz desbordada, cantando como quien predica en llamas y tocando como quien escribe con un cuchillo. A ella no se le debe una moda: se le debe una revolución.

En la década de 1930, mientras el mundo aún bailaba con big bands de hombres pulcros, ella desobedecía el canon con su guitarra Gibson y un estilo vocal que era parte góspel, parte blues, parte estruendo. Grabó por primera vez en 1938 con Decca Records, registrando “Rock me”, punto de partida fundamental para lo que se desató después.

Pero la historia tardaría en reconocer su voz. No había espacio en el relato hegemónico del rock para una mujer negra, religiosa y virtuosa, que tocaba con esa mezcla exacta de fiereza y gozo. Porque Sister Rosetta no sólo tocaba bien: tocaba distinto. Usaba el slide con sentido rítmico, creaba riffs donde otros solo acompañaban. Además, Tharpe fue la primera artista en hacer del góspel un espectáculo masivo. En los años 40 ya tocaba en estadios, a veces acompañada por coros de iglesia, otras por bandas de swing. Llevó el góspel a clubes seculares y por eso muchos en la comunidad religiosa la condenaron, pero ella no pedía permiso. Hacía música como se reza en tiempos de guerra: sin negociar.

En 1944, grabó “Strange Things Happening Every Day”, uno de los primeros hits góspel en cruzar al mercado pop. Algunos historiadores afirman que ese fue el primer tema verdaderamente “rock and roll” jamás grabado. Un piano boogie, una voz rasgueante y una guitarra que golpea como un tambor nervioso. Era otra cosa. Era algo nuevo.


Chuck Berry, Little Richard, Elvis Presley, Johnny Cash, Jerry Lee Lewis, Tina Turner. Todos ellos bebieron de su fuego. Pero las grabaciones están ahí. El fraseo de Berry, los gestos escénicos de Elvis, la energía explosiva de Little Richard: todo eso lo hizo primero ella.

Cuando Johnny Cash fue inducido al Salón de la Fama del Rock & Roll, dijo que Sister Rosetta Tharpe era su artista favorita cuando niño. Tina Turner, en entrevistas tardías, la señaló como una de sus influencias más profundas. Pero durante décadas su nombre fue una referencia lejana.

Escuchar hoy a Sister Rosetta Tharpe no es un acto de nostalgia: es una corrección de rumbo. Sus grabaciones siguen sonando urgentes y divinamente irresistibles. En vivo, se le ve en videos en blanco y negro, sonriendo mientras sus dedos hacen que el mástil de la guitarra escupa chispas.

Su versión de “Didn’t It Rain”, filmada en Manchester en 1964, la muestra bajando de un tren con su Gibson blanca con tres humbuckers. Canta bajo la lluvia. Toca como si supiera que está fundando algo. Y lo está. El público (blanco y británico) la mira como se mira a un animal mitológico. Y entonces, la gran pregunta: ¿por qué tardamos tanto en escucharla? ¿Por qué preferimos olvidar que el rock nació del cruce entre el góspel eléctrico, el blues rural y la desobediencia? Aquí el silencio no es azaroso, es ideológico. Sister Rosetta fue silenciada porque desbordaba las categorías: era mujer, negra, devota, virtuosa, alegre e imparable.

Antes de que algunos nombres estuvieran grabados en piedra, ella ya estaba tocando con furia, abriendo el camino. Sister Rosetta no tocaba para que la celebraran. Tocaba porque era necesario. Tocaba como se vive cuando todo está en juego.

Basta escucharla. Basta verla. Basta seguir el trazo de su guitarra a través del siglo.


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