Salud mental y el músico como síntoma

La precariedad estructural y la explotación que devoran el bienestar de los artistas

Introducción

La música no nació como un arte decorativo, fue germinándose fundamentalmente para cimentar y satisfacer necesidades sociales a través de ceremonias, rituales y trabajos como parte de la estructura viva de las comunidades: bardos, bautizos, trovadores, bodas, ritos paganos, agricultura, músicos de iglesia, celebraciones, funerales, instrumentistas de calle, niños, mujeres y hombres.

Hoy en día existen más músicos “profesionales” que nunca. Conservatorios, escuelas de música moderna, grados universitarios, másteres, cursos de producción, altos niveles de tecnificación y especialización, etc. De hecho, un músico puede tener tres titulaciones, pero ningún trabajo estable; puede tocar en seis grupos distintos y no facturar lo suficiente para pagar un alquiler; puede llenar salas pequeñas o actuar en festivales y aún así necesitar otro(s) trabajo(s) para vivir en un cruento bucle que va de artista a autónomo multitarea, sin contrato, sin vacaciones y sin opción a baja por enfermedad o paro por inactividad. La historia del músico es la historia del trabajo creativo colonizado por la lógica de la supervivencia descarnada.


Salud mental y precariedad

Un sistema que agota, precariza y revienta a sus artistas no puede seguir siendo legitimado por nuestra admiración estética. Que hacer y crear música no sea un acto de sacrificio, sino de vida digna. En este sentido, la conversación sobre salud mental en los músicos ha dejado de ser un murmullo de pasillo para convertirse en un alarido de emergencia, pero no basta con decir que “hay que hablar más del tema”; hay que abrir ese melón podrido, incómodo, apremiante, con olor a precariedad y a (auto)explotación y mirar de frente lo que realmente ocurre en la trastienda de la industria musical.

Llamarlo “cansancio” o “deterioro” es una cortesía absurda. La mayoría de los músicos independientes trabajan cada vez más horas, con menos estabilidad y sin prestaciones mínimas. Eso que denominamos “vivir del arte” es en realidad sobrevivir a una industria que devora la salud mental como parte inevitable del proceso y del resultado. ¿Dormiste mal en la gira? ¿Ataques de ansiedad antes del show? ¿Ideas suicidas entre dos entrevistas? ¿Adicciones, despersonalizaciones, brotes de alguna índole? Bienvenido al feed. No te desconectes. El algoritmo te está mirando y no te olvides que tú puedes.

Hablar de salud mental en la música sigue siendo un privilegio de quienes pueden costearse un terapeuta, tomarse un descanso o tener una red de apoyo. El resto calla, se aguanta y sigue tocando. O desaparece. O se quiebra en silencio. Y sí, empiezan a surgir fondos de ayuda, sellos con programas de bienestar, campañas con slogans bienintencionados, pero lo que se necesita no es contención emocional, es justicia laboral, que se respete el derecho a enfermarse, a descansar y a no vivir al borde del colapso porque mientras sigamos abordando la salud mental como eventualidades individuales y no como el gran síntoma de una maquinaria descompuesta, seguiremos jadeantes y exhaustos en la rueda.

Síntomas de un modelo enfermo

La narrativa de la música como salvación ha sido tan sobreexplotada como los propios músicos. En la era del bienestar y del mindfulness de escaparate, se sigue ignorando una realidad cruda, muy antigua y silenciada: el gremio musical está descalabrado y no de manera metafórica. La ansiedad, la depresión y el desgaste psicológico no son “gajes del oficio” ni señales de profundidad creativa: son síntomas de un modelo estructural que está muy enfermo.

El término “burnout” se ha convertido en un eufemismo casi decorativo, pero no se trata de estar “quemado” por pasión, sino de estar directamente explotado por necesidad. Mantengámonos al margen de citas a estudios y a estadísticas y detengámonos un segundo a pensar en mujeres y hombres músicos a nuestro alrededor y especulemos cuánto dinero gana mensualmente, cuántos sufren ataques de pánico y de ansiedad y quiénes están luchando para que la depresión no acabe engulléndolos hacia los confines paralizantes de la tristeza más enconosa. ¿Cuántos tienen acceso a una alimentación sana y balanceada? ¿Cuántos pueden contemplar tiempo y recursos para el ejercicio físico? ¿Será posible hablar de salud mental condenados al vértigo pulverizador de una vida azotada por el estrés y los ultraprocesados?

Aunque se hable más y mejor del tema, el acceso a ayuda real sigue siendo un lujo. Muy pocos músicos pueden costear una terapia psicológica semanal y muchísimos menos tienen seguro médico o una sólida red de contención emocional, ya ni hablar si eres inmigrante, mujer y sin estudios avalados. Los que se rompen, desaparecen. Los que pueden parar, se retiran. Y los demás, callan y siguen, como si nada. ¿Acaso habrá otra opción en un contexto así?

Hacia una industria justa

Pero nuevamente, señoras y señores, el problema no es psicológico, es político. Las soluciones no pueden limitarse a “ir a terapia”, “trabajar más” o “respirar profundo antes del show”. Necesitamos una reestructuración profunda del tinglado musical en todas sus capas: sindicatos reales y federaciones de músicos realmente democráticas y horizontales con poder de negociación frente a promotores, salas, plataformas digitales y con capacidad para denunciar abusos contractuales, incumplimientos de pago y explotación en giras; ayudas no competitivas para la subsistencia de artistas en periodos de no producción; reforma de los contratos de actuación y distribución; un porcentaje mínimo garantizado para el artista en acuerdos con plataformas y discográficas; transparencia fiscal y contable de los ingresos por streaming; modelos de contratación justos; giras sostenibles con límites claros; acceso a salud mental profesional financiado por el propio sector (sellos, promotoras y plataformas); educación emocional desde las escuelas y conservatorios que prepare para los riesgos del trabajo creativo. Y otro detalle no menos importante: romper el mito del sufrimiento como condición sine qua non del artista.

Los que escribimos, producimos, tocamos, enseñamos, compartimos y escuchamos también tenemos responsabilidad, empecemos preguntándonos esto: ¿Nos hemos auto-organizado más allá de un evento específico? ¿Sabemos desde nuestra propia experiencia qué es el verdadero asociacionismo? Además, como periodistas, programadores, promotores, sellos discográficos, medios especializados o fans, hemos comprado y revendido la narrativa del genio roto, del cadáver hermoso, hemos cubierto lanzamientos mientras ignorábamos las señales de alarma, hemos exigido contenido nuevo, sin descanso, sin preguntar a qué costo. Es momento de dejar de consumir la crisis mental como un evento estético porque no: no todo arte debe nacer del trauma y el dolor. Podemos construir escenas sanas, sustentables y excitantemente creativas sin sacrificar tortuosamente cuerpos y mentes, sin la necesidad de integrarse a esa aparente lógica única del algoritmo, de la inmediatez y de la hiperproducción.

Santigold canceló su gira en 2022 con un comunicado tan claro como alarmante: “La música se ha vuelto inviable”. Las palabras no venían de la fundición de una estrella caprichosa, sino del cuerpo derrotado de una madre, artista y trabajadora que no podía sostener una gira económicamente imposible ni emocionalmente sostenible, ni siquiera los músicos exitosos pueden vivir de su trabajo sin poner en riesgo su salud porque el sistema no está diseñado para su bienestar, está diseñado para su rendimiento.

Sharon Van Etten ha descrito lo que implicó ir de gira con un hijo pequeño y mantener una imagen pública de serenidad: “No me quedaba nada por dentro. Solo quería desaparecer”.

James Blake, uno de los primeros artistas masculinos mainstream en hablar abiertamente de su depresión, denunció el rol perverso de las redes sociales y del culto al “artista torturado”.

La Mari de Chambao, Leiva, La Bien Querida y Rigoberta Bandini han hablado abiertamente del síndrome del impostor, del agotamiento tras la hiperexposición y la presión emocional.

Decimos que hay más conciencia sobre salud mental. Es verdad. Pero también es verdad que esa conciencia es superficial, reduccionista y tremendamente individualista porque se promueve la terapia, el autocuidado y la resiliencia, pero no se cuestionan las condiciones estructurales que deterioran al individuo hasta la enfermedad.

Por poner algunos ejemplos: Los ingresos por streaming son ridículos (Spotify paga en promedio entre $0.003 y $0.005 por reproducción, pero esos ingresos se reparten entre discográficas, distribuidores y agregadores), las giras son financieramente suicidas, las redes sociales exigen una exposición emocional constante mientras la inestabilidad económica es la norma. Sin embargo, el discurso dominante insiste en que el problema es “cómo gestionamos nuestras emociones”, esa narrativa, profundamente neoliberal, despolitiza el sufrimiento. Lo vuelve un tema de voluntad individual: si te deprimes, medita. Si tienes ansiedad, respira. Si no puedes más, desaparece un tiempo y vuelve con energía. Pero no cuestiones el modelo. No pidas condiciones dignas. No exijas cobertura médica. No organices un sindicato. No se te vaya a ocurrir confundir el contenedor amarillo con el naranja.

No se trata de “salvar a los músicos” sino de reconocerlos dignamente como parte activa del tejido económico, emocional y social de una cultura que nos da sentido como sociedad y nos da herramientas para entenderla. Quien compone, canta, interpreta o produce es tan esencial como quien construye, enseña o cuida, porque sin condiciones mínimas, lo que hasta hoy conocemos como “industria musical” seguirá siendo un campo de batalla para unos pocos privilegiados mientras se perpetúan las precariedades económicas y mentales, convirtiendo los escenarios del mundo en una sala de espera atiborrada en medio de una consulta interminable o peor aún: una fosa común de vocaciones frustradas bajo focos cegadores.


Identificarse dejar un comentario